Migración

En los primeros meses de 1810 salió del puerto de Santa Cruz de Tenerife con destino a Buenos Aires una fragata con más de doscientos lanzaroteños a bordo equipada por D. Francisco Aguilar, tinerfeño establecido en Lanzarote. Durante el viaje se amotinaron los pasajeros contra D. Francisco, a consecuencia de cuya impresión murió su esposa, y faltando ésta, una niña bebé a la que amamantaba, las cuales fueron enterradas en la isla de Santa Catarina (Brasil), que les quedaba al paso; terminando el viaje en el puerto de Maldonado (Uruguay).

En 1811 fue organizada un viaje por un tal J. Figuerón, ‘camponés’ del pago de Argana, quien hallándose en Tenerife tuvo ocasión de adquirir un gran bergantín que se ofertaba a buen precio, equipándolo con tripulación y pasajeros lanzaroteños, con el que llegaron a Montevideo (Uruguay).

Otro viaje, del que no se da la fecha, pero que debió ser por estos años, lo organizó en un lugre que trajo de Inglaterra al efecto, D. Policarpo Medinilla, hombre bien conocido en Lanzarote. No se dice cuál fue el número de pasajeros transportados, pero dado el tipo de la embarcación, no pudieron ser muchos. Su intención era llegar a Río de la Plata (Brasil) pero cuando llegados a Río de Janeiro se enteraron que la guerra civil en esa ciudad decidieron desembarcar el pasaje en aquella ciudad brasileña, donde cada cual se las arregló como pudo.

Entre 1816 y 1818, hubo otro viaje, del que el historiador apenas da detalles. Fue el organizado por el piloto arrecifeño Agustín González Brito, quien partió de Lanzarote llevando en su goleta ‘Lorenza’ más de cien pasajeros a bordo rumbo a Montevideo (Uruguay).

En 1822 zarpó con destino a Montevideo (Uruguay) zarpó una balandra inglesa que había sido reparada tras haber encallado en la isla, por D. Antonio Bermúdez y D. Ginés de Castro, con más de 300 pasajeros a bordo. La suerte corrida por esta gente fue atroz, pues siendo excesivo el número de los que iban a bordo, al faltarles el agua al poco tiempo de emprendido el viaje, se vieron obligados a hacer escala en Cabo Verde y Senegal, con tan mala fortuna que contrajeron unas ‘calenturas’ de las que murieron muchos de ellos, incluido el patrón del barco, Manuel Torres. Continuado el viaje sin un experto marino que los guiara perdieron el rumbo y se perdieron en el océano. Providencialmente alcanzó a verlos una fragata de guerra francesa que tras proveerlos de comestibles y agua los condujo a la isla Guadalupe o la Martinica, desde donde pasaron a Puerto Rico los pocos que aún quedaban con vida.

En 1826 armó otro velero bergantín de nombre ‘Andújar’ un tal Juan Bautista, genovés radicado en Lanzarote. En él embarcó con su familia y 200 pasajeros, pensando alcanzar Montevideo (Uruguay), pero la suerte les fue adversa y encallaron en una de las islas de Cabo Verde, afortunadamente sin pérdida de vidas humanas. En tan comprometida situación tuvo que fletar allí otro barco en que continuar el viaje, logrando así llegar a su destino.

Sin embargo, difícil es que podamos encontrar alguno de estos viajes que supere en horror y truculencia al coprotagonizado en 1836 por conejeros y majoreros a bordo del bergatín “Lucrecia”, según nos lo hace saber el historiador canario Alvarez Rijo, al que, para mayor fidelidad documental, transcribimos a continuación al pie de la letra:

“La más horrorosa y vergonzosa de las expediciones fue la que en el bergantín goleta “Lucrecia” hicieron el año 1836 D. Francisco y D. Antonio Morales, hermanos, vecinos del Arrecife, donde tomaron parte de los pasajeros, y vinieron a recibir la mayor porción al Puerto de Cabras en Fuerteventura. La codicia o la ignorancia les cegó, contratando más de los que cabían en su nave y al ver que en ella ya no había más plazas, picaron los cables, e hicieron vela con quinientos, dejando en tierra, ya los hijos, ya los padres, mujeres o maridos de los embarcados. Redoblándose el dolor y llanto de los unos y otros, no sólo por la improvisada separación, sino por sus terribles resultados, porque  todo habían vendido por equiparse y quedaron pidiendo limosna. Aún así escaparon mejor los abandonados en su ribera nativa. Pero a los de abordo faltaron los víveres, se apuró todo, siendo tanta el hambre que se sortearon e hicieron antropófagos”.

En este mismo año 1836 marchó otro bergantín nada menos que con 571 pasajeros según el Boletín Oficial. A la altura del archipiélago de las islas de Cabo Verde se le abrió una vía de agua que los obligó a abandonarlo en la Isla de la Sal. Después de permanecer allí cuatro meses pudieron fletar un buque americano en el que prosiguieron el viaje.

En 1838 partió otro velero de Santa Cruz de Tenerife, de nombre ‘Leonor’, patroneado por Pedro Costa, en el que iban más de 200 lanzaroteños, despachado por un tal Vensano de Génova. A media noche, cerca de Cabo Verde, se desfondó la embarcación, salvándose sólo tres marineros que se aferraron a una lancha medio sumergida, que varó al día siguiente en la Isla de la Sal.

Los comentados son los casos más conocidos de estos viajes, medio clandestinos algunos, que tenían como punto de destino el Uruguay. Por supuesto que hubo otros, es de suponer que no en corto número, que salieron de forma oculta de las autoridades de la isla con igual destino o a otros lugares de América.

Otro buque zarpó en 1844 con una expedición organizada por un tal Gil en su bergantín ‘Tritón’ que se hundió frente a Montevideo (Uruguay), muriendo en el accidente una señora.

Leer más: https://lanzarote-y-sus-islotes.webnode.es/news/historia-de-lanzarote-siglo-xix/

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