Lanzarote militar

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10-5-1941 El gobernador militar de Gran Canaria redacta unas órdenes específicas para la defensa de Fuerteventura y Lanzarote ante posibles ataques durante la II Guerra Mundial. En el caso de Lanzarote, los planes dividían a la isla en dos sectores (norte y sur) con la prioridad de defender los fondeaderos de La Bocaina y El Río, que ya contaban con una batería de artillería. Las pautas indicaban que el batallón de reserva sería instalado en Teguise y la batería de artillería de campaña motorizada en San Bartolomé. El parque de artillería quedaría establecido en San Bartolomé, mientras que los depósitos centrales de infantería lo serían en esa población y en las de Haría y Yaiza. El depósito central de víveres habría de estar en Teguise, manteniendo depósitos destacados en Haría y Yaiza. Estas tres localidades deberían albergar también a los hospitales de campaña, mientras que aún no se había escogido la ubicación del parque de automovilismo’.

21-7-1941 El War Cabinet (Gabinete de guerra) del Gobierno británico toma la decisión de invadir Canarias mediante una operación denominada Pilgrim, aunque posteriormente la acción es aplazada. Estas medidas se incluían dentro de las políticas que estaban siguiendo los países implicados en la II Guerra Mundial.

memoriadelanzarote.com

No hay ninguna descripción de la foto disponible.1950s Arrecife, castillo de San Gabriel. Tubos de los cañones de una batería de artillería que hubo cerca de Playa Honda durante la Segunda Guerra Mundial. En la operación de desmonte murió un sargento armero. En la foto, Antonio Lorenzo, propietario de la foto.

La batería tuvo 3 cañones Krupp de 80mm, 3 cañones Skoda de 76’2mm y tres Saint-Chamond. Dos de ellos son los que están en Arrecife en el castillo de san Gabriel.
Además había otra batería similar en Playa Blanca y una batería motorizada en San Bartolomé.

El partido de fútbol

En 1937 (o 1938) el viejo acorazado alemán «Schleswig Holstein» lanzó sus anclas frente al cementerio. Bajo el herrumbriento pórtico de la grúa y caseta del agua adelante, pisando los Puentes, la brillantez de los instrumentos musicales, el xilófono adornado, la larga vara del «mandador» de la formación, bajando y subiendo a las órdenes de su brazo, los impecables uniformes y la marcialidad teutónica, dejaron una imborrable impresión en el pueblo arrecifeño. La banda de música local, acomodada en el Kiosko se acomplejó y dicen que lo último que se vio de ella fue a señor Ginés «El Bruno» que, escondidos los platillos bajo la chaqueta, casi huía a su casa. Por la tarde el «Arrecife» caía derrotado por once goles ante la selección alemana y el enfado de Don Manuel; y los conciertos de aquella, no banda sino orquesta, se sucedían; los marineros comían «bananos» en los bancos de cemento del «Muelle Chico»; y Andrea, la limpiadora de casa de Don Pedro, se «echaba» un novio alemán; y una noche Andrea, cansada del «auf viedersen» del alemán, le espetó aquello de : «Afílate que me marcho»; y se empezó a repartir «Signal» y «Der Adler»; y casi todos sienten simpatía por los alemanes menos Don Andrés Fajardo, parapetado en su tradicional anglofilia; y aquellas revistas, llegadas a nuestras casas de manos de Don Pedro Schwartz, aumentan la simpatía; y en casa de mi tía Inocencia había un muñeco vestido de marinero alemán con la bandera rojinegra prendida de una aguja de hacer punto; y estaba la elegante águila y el plateado emblema circular con punto rojo, recuerdo de una noche de fiestas a bordo a la que mi madre no pudo asistir por miedo a la escala de la falúa, y a la que Doña Rafaela se encaramó valientemente; y los alemanes fueron muy respetuosos; y una noche confundieron una honrada casa de muchas mujeres con algo que les hizo salir entre disculpas reverenciosas; y aquel barco parece que fue hundido en combate y algunos de sus marineros desde el campo de prisioneros escribían a las chicas de Arrecife, recordando felices momentos de libertad.

Ni la estatura de Pancho, ni la agilidad de Gregorito, ni la fortaleza de Santiago, ni la técnica de Agustín o «Paco» Aguilar ni las internadas de «Romerito», impidieron que
los alemanes del «Schlswic Holsten» fueran marcándole uno a uno hasta once goles a la representación de Lanzarote, después del ceremonial de las madrinas y la presencia rubicunda y uniforme de los teutónicos; aquella tarde de los años treinta y en el llano de La Vega, Don Manuel Arencibia, Presidente del Cabildo, en una de sus clásicas «cabreaduras», y ante los buenos deseos del Comandante del «barco alemán» de que no se ensañaran con los nuestros, exclamó: ¡»Déjelos, para que los nuestros no sean «toletes»! Y después de aquel vapuleado equipo tuvimos al «Torcusa», y el «Osborne» creado por Juan Sierra y transformado en «Lanzarote» de manos de Guillermo Toledo; y el «Marino»; y el «Arrecife» y «Educación y Descanso» y el superviviente «Torrelavega»; y entre los chiquillos el «Tenique» o el «Imperial» pero en el «Campo del Carbón» y con «Aurita» la profesora de madrina; y en los primeros tiempos vimos jugar a Agustín Suárez y a «Falange» y a los Fábregas y dicen que jugó Pepe Miranda; y en el Osborne-Lanzarote a Miguel Corujo defendiendo su portería y a los hermanos Naranjo y a Salvador «el de la Imprenta»; y se internaban «Pepe» Reguera y Domingo «El Cotorro»; y ratoneaban Arbelo y Solís y arropaban a aquel extraordinario jugador, Alfonso «El Turco»; y frente a ellos «Pepe» de León o los
hermanos Quintana, y Manolo «El Candao» y Tacoronte; Carlos Reguera y a Pedro Martín; y al «Rubio» del Torrelavega con su mano mutilada; y los hermanos del Toro,
Ruperto en el Lanzarote y el otro en el Torrelavega; y un día arbitró, recién llegado Tomás Aguilar; y señor Domingo, varita de membrillo bajo el brazo, impedía que alguien se colara y abría el antiguo pozo de las salinas para regar el «Estadio»; y las paredes de éste nunca se encalaron, ni sus gradas se terminaron, ni sus casetas se llegaron a techar; y se convirtió en calles; y hoy por el lugar de sus porterías pasa la calle «Portugal» con coches afanosos de marcar gol; y sus bandas son la «Argentina» y la «Triana»; y la «Doctor Fleming» parece sustentar la antigua portería del norte; y
así pasó el Estadio a la historia; pero aquellos llanos siguen añorando nombres; y Julio Blancas entrenaba; y el alférez Pestaña defendía una portería; y los venido de fuera, Yoyo o Franco; y arbitraban el otro «Pepe» Miranda o Blancas, Paquito o los Fábregas y Rafael «Cullen»; y vino el «Price» a inaugurar el campo y le acompañaba Roig y se marcó el gol directo de córner; y Gregorio Fernández fue la admiración de muchos; arribaron el Atlético, la Unión Deportiva o sus filiales; y «Frasco» Rodríguez defendía la portería como anteriormente lo habían hecho «Tino» Díaz y Octavio Camejo; y Luis «Oliva» defendía los colores del Marino y «Mano Félix» y «Miguelito el Peligroso» los de Lanzarote y Carlos Reguera o Agustín Corujo ya no jugaban en el Marino y Miguel había pasado al Torrelavega y a Cesar Carrasco le fracturan una pierna; y el Marino recibe once a cero del Lanzarote, en una tarde inspirada de los Reguera, El Cotorro, El Turco, Solís y Arbelo; Antonio García Márquez maravillaba con su inconcebible dominio del balón; y «Meluco», a quien la incompetencia de un directivo madrileño impidió que Lanzarote tuviera su primer internacional; y había aficionados como mi padre, que aguantan, domingo tras domingo, la tierra y el calor; y el estadio tiene bancos de madera, pero casi todo el mundo prefiere las inconclusas gradas y un día, sorpresa, se hacen con cemento los asientos; y los aficionados siguen soportando tierra y calor; y se inicia la construcción de un nuevo complejo deportivo; pero el recuerdo del llano de las antiguas salinas y del viejo e interminado Estadio, lo guardamos muchos como oro en paño.

Historia menuda de Arrecife. Antonio Lorenzo Martín.

foto: Gabriel Cobo García

foto: Gabriel Cobo García

Las vías del tranvía

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En 1901 se aprueba el proyecto de construcción del puerto chico o puerto caballos (las embarcaciones de poco calado se denominaban caballos) o muelle de las cebollas.
En 1907 se aprueba la compra de mil quinientos metros de vía en Bilbao, y un poco más tarde añaden ochocientos metros, dieciséis vagonetas. Solicitan asimismo una locomotora de veinte caballos de fuerza. En julio se pacta con Juan Delgado el paso de la vía por su terreno, inmediato a las canteras propiedad de la Compañía, acordándose el pago de 75 pesetas. En noviembre disponen permutar con Agustín Navarro Falero dos trozos de terreno en la calle del Molino por otros de la Compañía que lindan con la carretera de Teguise. Para utilizar el terreno de Navarro será preciso derribar una habitación para ensanchar la calle posibilitando que pase la vía, y será reedificada al finalizar la obra. Se le indemnizará con cinco pesetas al mes, con un anticipo de dos años. En septiembre se solicitó al Ayuntamiento la autorización de unas vías férreas para el transporte de materiales para las obras del puerto de Arrecife. Era necesario colocar dos vías. Una tendrá la ruta de las Cuatro Esquinas, hasta el mar, por la calle León y Castillo. Otra discurre del extremo oeste de la calle Campo Santo, atravesando la Plaza de la Constitución, Quiroga y callejón del Puente. Los raíles se colocarán en el centro de la calle, a faz del piso, adoquinando o empedrando el centro de las vías. Las máquinas de vapor serán dirigidas por personal competente, avisando su paso con un silbato o campana. Además, una persona irá de guía para regular la marcha y servir de aviso a los transeúntes. Los accidentes serán responsabilidad de la empresa.
En junio de 1908 solicitan permiso para cambiar el itinerario de una de las vías en su tramo final. La calle Quiroga tiene poca anchura en el cruce con León y Castillo, estiman la idoneidad de pasar por el callejón del Muelle, desde la Plaza de la Constitución, y seguir por la calle Coll, antes La Marina, hasta el principio de las obras. Sin embargo, el cambio propuesto no se autoriza por el frecuente tránsito del referido callejón. Se propone un nuevo itinerario: desde el puente del Castillo San Gabriel, por la calle Coll, continuando por La Esperanza, curvando a la del Ángel hasta atravesar el solar de Eduardo Martinón Coll y seguir por el litoral hasta el Reducto y playas del cementerio, para la extracción de arena. Se permitió la variación. En octubre consideran la necesidad de extender la vía desde las Cuatro Esquinas hasta la pedrera propiedad de la Compañía, teniendo que cruzar las calles Molino y Norte. Se concedió el permiso. En agosto el gerente estudiará la obtención de solares “desde La Molina hasta el cementerio”. Antes de que acabara 1908 solicitan cuatrocientos metros más de vía a la Casa de Arturo Koppel de Madrid.
En enero de 1909 enero el gerente contrata con Julián Morera Martín el arrendamiento de un solar de su propiedad para el paso de la vía por 250 pesetas, hasta que terminen las obras.
Hasta junio de 1911 no se da cuenta de las compras realizadas en la Península: una grúa de diez a doce toneladas, otra de cuatro, un monta bloques hidráulico, un cangrejo trasbordador, una vagoneta de transporte para treinta toneladas y un motor de cuatro a seis caballos de fuerza. Seguían faltando más raíles y se encargan doscientos metros de vía gruesa a Juan Buseeda, de Barcelona, por 2.181, 35 pesetas. Se prevé la compra de mil metros más de carriles de ochenta centímetros de ancho y se solicita extender la vía por la calle Miraflores y otras que conducen a San Bartolomé y Goime, hasta unirla a la que tienen en la calle León y Castillo. Se concede el permiso. Cuando la vía pasaba por propiedad privada se contrataba directamente con el dueño, como sucedió al tener que pasar por los terrenos –Capellanía– de Nemesio Rodríguez Borges, accionista de la Compañía, conviniendo por dos años la instalación de una vía férrea, a razón de cincuenta pesetas al año.
En 1913 el vecindario se queja por la circulación de la locomotora y la escasa seguridad.
Continúan comprando vías para pasar por La Capellanía, a finales de 1913 se traen 200 metros y a principios de 1914 unos 260 y sus correspondientes traviesas.
En abril de 1914 acordando con Ignacio Rodríguez Perdomo el paso de una vía por una finca, en la misma zona que denominan La Capellanía, por el tiempo que duren las obras, a razón de 75 pesetas el primer año y cien los restantes.
En junio de 1916 se acordó proponer la venta de la locomotora en 10.000 pesetas, las 26 vagonetas existentes a 150 pesetas cada una y los 4.300 m de vía de siete kilos a siete pesetas el metro.
En 1919 una comisión se encargará de levantar las vías tendidas en varias calles. Lo comunicarán al ayuntamiento y estudiarán la forma de empedrar de nuevo la entrevía. Una comisión se ocupó de reedificar la habitación que tuvo que derribarse propiedad de herederos de José Mª Díaz Pérez para el paso de las vagonetas para las canteras de la Compañía. Se terminan de empedrar las calles por donde está la vía. A finales de 1919, después de 12 años y un millón y pico de pesetas, se termina el muelle, antes llamado «puerto chico» y ahora, «muelle grande».
En 1920 se vende a José Reguera Castillo la locomotora por
200 pesetas. En 800 pesetas 400 metros de vía de 30 kilos. A José Díaz Santana 736 metros de vía de siete kilos que importan 1.472 pesetas.
LA COMPAÑÍA ANÓNIMA DE CONSTRUCCIÓN DEL PUERTO
DE ARRECIFE. EL MUELLE GRANDE.
ANTONIA SÁENZ MELERO
MANUEL GARCÍA GONZÁLEZ
FRANCISCA Mª PERERA BETANCORT

el castillo de santa Bárbara

También llamado «castillo de Guanapay».

Fue usado como palomar militar.

Viéndolo tan abandonado que daba pena, Luis Ramírez González solicitó su usufructo y lo rehabilitó pagando de su bolsillo.

1990 El ayuntamiento de Teguise inicia las obras de restauración del Castillo de Santa Bárbara. El objetivo era recuperar la antigua estructura de Torriani, y para ello se construyeron nuevamente las bóvedas del primer piso y se suprimió el balcón canario colocado por Bellas Artes a finales de la década de los setenta.